Por JOSE LUIS CHAVEZ
Entre el ingeniero Miguel Vargas y el Partido Revolucionario Dominicano existe una relación de mutua desconfianza que de no superarse podría afectar sensiblemente el desempeño del PRD en las próximas contiendas electorales. El pasado candidato presidencial del PRD mantiene contradicciones aparentemente irreconciliables con influyentes sectores de su partido, incluyendo al ex presidente Hipólito Mejía, al actual presidente de la organización Ramón Alburquerque y a los llamados dirigentes históricos a los que el diputado Neney Cabrera, brazo derecho de Vargas, ha reclamado públicamente que abandonen sus puestos para permitir la emergencia de de un nuevo liderazgo.
Ha dicho Cabrera -y Miguel Vargas no lo ha corregido- que “ya concluyó el tiempo de los dirigentes ancestrales del Partido Revolucionario Dominicano”, precisando su punto de vista con una declaración que no admite margen de duda sobre su posición: “Entiendan que en la vida nada es perenne, que ya cumplieron su función dentro del partido”.
La posición de Cabrera coloca al sector de Vargas en confrontación directa con un segmento fundamental del liderazgo perredeísta, donde figuran personalidades tan emblemáticas e influyentes dentro y fuera del PRD como Milagros Ortiz Bosch, Ivelisse Prats Ramírez, Vicente Sánchez Baret, Rafael Suberví Bonilla, Hugo Tolentino Dip, Tirso Mejía Ricart, Emmanuel Esquea Guerrero y cientos, o tal vez miles de dirigentes que se sienten o deberían sentirse amenazados por la línea de rechazo contra el viejo liderazgo.
Por cierto, la venerable maestra de todos los perredeístas, Ivelisse Prats Ramírez, respondió a este planteamiento recordando en uno de sus artículos periodísticos que “En la trinchera no hay diferencia de edad”.
Aunque Miguel Vargas ganó la candidatura presidencial en el año 2007 con el apoyo mayoritario de los dirigentes tradicionales del Partido encabezados por Hipólito Mejía y Sánchez Baret, es bueno apuntar que sus diferencias con el “viejo PRD” comenzaron antes de la derrota electoral del 2008. En pleno proceso electoral el candidato perredeísta comenzó a establecer distancia con la dirección institucional y con los símbolos del Partido, actitud que se reflejó de manera notable en el contenido de la propaganda y la publicidad. Para muchos perredeístas todavía resulta un misterio el motivo por el cual el candidato decidió protagonizar un mensaje publicitario donde aparecía jugando un partido de beisbol sin la cachuca reglamentaria para identificar su equipo.
Conocido y documentado también fue su desinterés por vincularse al liderazgo local del PRD durante la campaña. De acuerdo a una reseña de Eligio Jáquez, Miguel dejó de visitar 56 municipios y distritos municipales donde los dirigentes perredeístas no pudieron mostrar su candidato l a los electores para decirles que él volvería de nuevo como presidente de la República.
Si bien es cierto que Miguel Vargas mantiene un considerable nivel de preferencia entre los perredeístas, según señalan algunas encuestas patrocinadas por su propio proyecto, no es menos cierto que los eventos pos electorales del PRD señalan una clara declinación de su apoyo en las estructuras de dirección del Partido, en una tendencia que debería reflejarse inevitablemente en la militancia y en el electoral nacional. El hombre que logró colocar todo el partido detrás de su proyecto presidencial, ahora es minoría en prácticamente todos los organismos del PRD.
Por demás, la ventaja de la que hablan Miguel y sus voceros sobre candidatos y precandidatos formalmente inexistentes en el marco de una campaña todavía no iniciada, me recuerda la primera poesía que me enseñó mi madre:
“Cuando yo era chiquitico que empezaba a jimiquear me monté en un burro muerto y no me pudo tumbar”.
Creo que la estrategia de Miguel es equivocada y que su línea de confrontación interna entra en contradicción directa con el principio elemental de que la primera condición que requiere el PRD para constituirse en una real opción de poder es consolidar la unidad total. Así ha sido siempre y no hay ninguna razón asumir lo contrario.
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