Si Leonel Fernández se disfrazara y se montara en un carro público, se detuviera en una bomba a echar gasolina, o visitara un colmadón y escuchara a la gente con oídos despiertos, se daría cuenta de que su administración va muy mal y no por culpa de la crisis internacional solamente.
Se daría cuenta, que muchas de las quejas de la gente son sensatas, tienen lógica y que las críticas que se le hacen al Gobierno tienen fundamento.
Le dirán que el Gobierno no ha sabido liderar la lucha en favor de una mejor educación del pueblo. Que el propio Presidente, un hombre que sabe articular tan bien sus ideas, no le habla a los que lo eligieron para que condujera el barco nacional a puerto seguro.
Esa falta de comunicación ha motivado que no se comprendan los motivos del Gobierno cuando toma decisiones, entre otras consecuencias prácticas muy perjudiciales para la imagen de la administración.
La falta de liderazgo se manifiesta también en la debilidad en la toma de decisiones. No es que use siempre el garrote, sino que hay situaciones en las que debe enfrentar los temas y defenderlos y no esconderse tras el tío rico del FMI, por ejemplo. Pues, ¿cómo es posible que proponga una reforma fiscal, que se supone algo de la mayor seriedad, para no defenderla y dejarla que cambie al vaivén del viento de los intereses?
Una cosa es ser democrático y otra no mostrar el carácter que deben tener las cuestiones de Estado y de interés nacional.
Como dice Huntington, "la función del gobierno es gobernar. Un gobierno... al que le falta autoridad es inmoral en el mismo sentido que lo es un juez corrupto, un soldado cobarde o un maestro ignorante".
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