lunes, 22 de noviembre de 2010

Pagando por los errores

Por Juan Taveras Hernández 

En política, como en todo en la vida, los errores se pagan caros. Mientras más errores se cometen, más hay que pagar.


Confundir una empresa personal con un partido político democrático, es una torpeza. Creer que los dirigentes y militantes de un partido son ejecutivos y empleados de una empresa, que pueden ser movidos de sus cargos o cancelados, sin observar si quiera el código de trabajo, es confundir lo individual con lo colectivo, lo mío con lo ajeno.


No permitir que la militancia se exprese libremente durante unas elecciones internas para imponer con el dedo a los candidatos congresuales y municipales, es actuar dictatorialmente.


Patrocinar un fraude en las elecciones internas para imponer a los candidatos de su tendencia para controlar los organismos del partido y secuestrar la democracia interna, burlando la voluntad de las bases expresada en las urnas, terminó en fracaso cuando la gente descubrió el engaño.


Querer ser juez y parte durante un proceso electoral interno alegando institucionalidad donde no hay institucionalidad, es propio de caudillos pasados de moda que cuando no pueden imponerse por las buenas lo hacen por las malas.


Creer que se puede actuar de espaldas a los principios, a la ética, a la moral, a los estatutos del partido y las leyes del país, es el colmo de la desesperación.


Pensar que el control mecánico de la cúpula del partido es garantía de triunfo, es ignorar que el poder del partido reside en sus bases y que esas bases que constituyen más del 90 por ciento ha decidido votar en contra de quienes pactan con el gobierno y violan sus derechos consagrados en los estatutos y en la Constitución de la República.


Pretender hacer otro fraude electoral durante las primarias para seleccionar el candidato a la presidencia, como el de la convención para escoger los dirigentes del partido, es jugar con fuego. Y se pueden quemar.


El “dos por ciento y nunca jamás” ya supera los 60 puntos. La percepción, contra la que lucha desesperadamente ahora el presidente del partido, habla de más de un 70%. Es decir, mucho a poco. Los diputados y síndicos que apoyan al presidente del partido, que cada vez son menos, no harán la diferencia.


Se pueden unir todos en contra de esa poderosa corriente que avanza vertiginosamente en la simpatía popular. Lo pueden enfrentar “uno a uno, como caballeros, o todos contra uno, como bandidos”. No importa, Hipólito Mejía los derrotará a todos con el apoyo de las bases que no permitirán que les compren su voluntad ni su dignidad.


La política es una ciencia que se auxilia de otras ciencias como la historia, la economía, la sociología, la sicología, la filosofía, etc. Se conjugan esas ciencias sociales con la práctica, que al decir de Mao Tse-Tung, es la madre de la verdad.


Si bien es cierto el dinero juega un papel importante en la política, no lo es todo. Si el dinero determinara el éxito en política, algunos de los empresarios más poderosos del país fueran presidentes o candidatos presidenciales de los partidos. Y no es así. Más de un empresario ha perdido su patrimonio en la política y no ha estado ni cerca del Palacio Nacional.


Los dirigentes aglutinados alrededor del presidente del PRD, si quieren la unidad, si quieren volver al poder, tienen que mantener la calma, tranquilizarse y pensar en su propio futuro político y en la suerte del país. Lo conveniente sería un acuerdo amigable entre las partes de transparencia y respeto durante la campaña electoral. Hipólito será el candidato del PRD. Hipólito volverá a ser el presidente de la República del PRD. Es mejor un entendimiento ahora, que después.


Los errores en política, como en todo en la vida, se pagan. No más errores para no seguir pagando.

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